Sheriff
Abigail
«Mi padre decía que un buen sheriff no espera a que los problemas llamen a la puerta. Lo que no decía era qué hacer cuando los problemas ya están dentro de casa y todavía no lo sabes.»
Disfrazada
Los rumores llegaron primero a la cantina, como suelen llegar las cosas importantes: entre vasos de whisky y voces que nadie se molesta en bajar. Abigail los escuchó desde la barra sin moverse, con la cerveza a medio beber y la mandíbula tensa bajo el borde del sombrero. Cuando alguien de la banda de Oldcow McGold se deja ver así, sin disimulo y a plena luz del día, no es por descuido. Es porque están midiendo el terreno para algo que ya han decidido.
Se echó encima el guardapolvo de las operaciones encubiertas y se caló el sombrero hasta las cejas. Lo del Winchester fue un dilema de treinta segundos. Preferiría no llevarlo — el emblema familiar grabado en la culata era tan reconocible como su propio nombre. Pero lo cogió de todas formas, como lo cogía siempre. Era el rifle de su padre. Llevarlo era un error táctico y lo sabía. Y aun así no podía no cogerlo.
Siguió el rastro hacia las afueras de la ciudad. La banda de McGold no se caracterizaba precisamente por la discreción: botellas vacías, colillas, una bota de cuero que alguien había perdido con la bota puesta dentro. Lo que encontró al final de ese rastro le aclaró todo. No iban a por el banco todavía. Primero querían la armería. Y detrás de ella, en el instante en que miraba hacia delante, una sombra la observó un momento y desapareció entre los edificios con una sonrisa que Abigail no llegaría a ver hasta que ya fuera demasiado tarde. Snow Oldbeauty tenía buena memoria para los guardapolvos.
Frustrado
Llegó antes que ellos, como era su costumbre cuando se trataba de impedir que la gente estúpida cometiera estupideces previsibles. Tomó posición en el tejado del edificio de enfrente con el Winchester preparado y la paciencia de quien sabe que el tiempo siempre acaba dándole la razón.
Oldcow McGold apareció al frente del grupo con ese sombrero ridículo que llevaba siempre, supervisando la operación desde una distancia prudente mientras sus hombres se acercaban a la puerta de la armería con la dinamita. Abigail disparó. Un tiro con el ángulo justo. La banda se dispersó con una rapidez sorprendente. McGold fue el primero en desaparecer, que era lo más predecible del mundo.
Lo que dejaron atrás fue suficiente para preocupar: toda la dinamita con la que planeaban volar la cámara acorazada del banco. Abigail la recogió y se quedó mirando la calle vacía. McGold había huido. Y aunque había huido, no había sido capturado. En la próxima vez, McGold sabría que alguien lo esperaba — que era exactamente el tipo de información que convertía a un criminal predecible en un criminal peligroso.
Cantina
Dejó a su ayudante a cargo de la oficina con las instrucciones habituales y se encaminó a la cantina. Pidió lo de siempre: un salchichón entero, una barra de pan del tamaño de un antebrazo y una jarra de cerveza que apuró de un trago antes de que el vaso tocara la barra. Estaba a punto de hincarle el diente al salchichón cuando la puerta cedió hacia dentro con un estrépito que hizo volcar tres vasos y espantar al gato que dormía en la esquina.
Por el hueco entró Colosus Highmountain. Era, sin la menor exageración, el hombre más grande que Abigail había visto en toda su carrera. No llegó con la energía de un hombre que busca una pelea: llegó con la energía de un hombre que ya tiene instrucciones. Eso era diferente. Eso era peor. Abigail calculó la distancia hasta su Winchester en aproximadamente un segundo y medio.
El tiroteo duró menos de lo que había tardado en pedir la cerveza. Colosus Highmountain, herido en el brazo derecho, tomó la única decisión lógica disponible: se escabulló por debajo de la puerta del saloon con una agilidad inverosímil para alguien de sus dimensiones. Abigail lo observó desaparecer. Lo que sintió no era exactamente perplejidad. Era miedo. No a Highmountain. A quien lo había enviado.
Establo
Estaba en mitad de ensillar la montura, con la concentración puesta en los correajes y el Winchester atado al otro lado de la silla, cuando oyó el ruido. Algo detrás de ella. Se dio la vuelta. El Winchester, al otro lado de la silla. El revólver, sobre la valla a su derecha. Ambos a una distancia que un segundo podía hacer razonable o imposible. La sombra se convirtió en una persona antes de que pudiera decidirse por ninguno de los dos.
Snow Oldbeauty tenía la postura de quien ha entrado en sitios peores que este establo y ha salido caminando. Llevaba dos revólveres apuntando a Abigail con esa quietud de brazo que solo tienen los que han apretado el gatillo suficientes veces como para que el gesto haya perdido el peso nervioso. Abigail le guiñó un ojo y sonrió mientras calculaba si podía alcanzar el revólver antes de que Snow apretara el gatillo.
Snow le dijo que los Shining Eagles abandonaban la ciudad ese mismo día. Lo dijo con la cortesía fría de quien ha tomado una decisión que no está abierta a negociación. Lo que no dijo — lo que Abigail recogió entre las palabras — fue por qué. Snow Oldbeauty no daba explicaciones. Pero tampoco disparaba cuando podía. Antes de que Abigail pudiera articular una respuesta, Snow Oldbeauty se había disuelto en las sombras del establo como si nunca hubiera estado allí.
Nocturna
Abigail Morgan llevaba suficientes años de Sheriff como para saber que cuando alguien de la banda de McGold le decía que no tenía nada que temer, era exactamente el momento de tener más miedo. Pero esta vez era distinto. Esta vez no era una trampa obvia. Snow Oldbeauty no hacía trampas obvias. Pasó un buen rato buscando en los armarios hasta dar con lo que necesitaba: la vieja chaqueta del Sheriff, el sombrero de repuesto y suficiente ropa vieja para dar forma a algo que, desde cierta distancia y con poca luz, pudiera pasar por una persona.
Silbó a Tony el Perro — que salió de debajo de la cama con la expresión de quien lleva horas esperando que alguien le proponga un plan — recogió el Winchester y subieron a la colina que dominaba la casa desde el norte. Era una noche fría, sin demasiadas nubes, con la suficiente luna como para ver lo que hubiera que ver. Abigail se acomodó entre las rocas con el Winchester atravesado sobre las rodillas y Tony el Perro pegado a su costado irradiando ese calor compacto que tienen los perros cuando han decidido que no se van a mover en toda la noche.
Tony el Perro se acomodó contra su costado con esa convicción suya de que su función principal en la vida es servir de manta. Los dos se quedaron mirando la casa. La noche era fría y larga. En el salón, el señuelo con el sombrero proyectaba una sombra que, desde la distancia justa, podía pasar por ella. Por primera vez en mucho tiempo, Abigail no estaba completamente segura de lo que iba a ocurrir. Y eso, reconoció en silencio mientras el frío seguía calando, era probablemente lo más honesto que había pensado en días.
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